Psicología evolutiva y neurociencia explican el desplazamiento del voto hacia la derecha
La investigación en neurociencia y psicología evolutiva sugiere que, ante la incertidumbre y el miedo social, el cerebro humano prioriza circuitos arcaicos de supervivencia sobre el pensamiento crítico. Este fenómeno biológico facilita el ascenso del consenso político hacia posiciones derechistas, planteando un desafío fundamental para las estrategias progresistas contemporáneas.
Cuando la ansiedad social se intensifica y el futuro genera incertidumbre, existe una tendencia documentada en la investigación politológica y comportamental que indica un desplazamiento del consenso político hacia posiciones derechistas. Este fenómeno no opera como un automatismo geométrico absoluto, sino como una respuesta psicológica profunda: ante la inseguridad, amplios sectores del electorado buscan refugio en respuestas de carácter identitario y autoritario.
Esta dinámica ha sido objeto de debate en los círculos progresistas, donde a menudo se atribuye el fenómeno al analfabetismo funcional, la ignorancia generalizada, las manipulaciones algorítmicas o una infatuación irracional por figuras de autoridad fuerte. Sin embargo, estas explicaciones suelen centrarse en síntomas superficiales sin abordar el núcleo del problema. Una perspectiva alternativa, fundamentada en las neurociencias y la psicología evolutiva, sugiere que la raíz reside en mecanismos biológicos de supervivencia.
Desde un punto de vista biológico, cuando el sistema nervioso percibe una señal de alarma, la corteza prefrontal —la región cerebral responsable del pensamiento crítico, la mediación y la capacidad de procesar la complejidad— es temporalmente silenciada. En su lugar, toman el control los circuitos cerebrales arcaicos y la amígdala, que reaccionan con una rapidez fulminante ante estímulos percibidos como amenazantes.
Estudiosos de la materia, como John Hibbing y Jonathan Haidt, han documentado a través de análisis empíricos sobre respuestas fisiológicas que este automatismo no constituye un defecto moral, sino un mecanismo originario de supervivencia. Este mecanismo desencadena una reacción instintiva orientada hacia el orden jerárquico, la autoridad fuerte, la definición nítida de los límites y la eliminación drástica de cualquier ambigüedad. Si bien este instinto resulta providencial frente a peligros físicos inmediatos, como un ataque animal, su eficacia disminuye significativamente al aplicarse a problemas complejos, abstractos y estructurales de la modernidad.
Las neurociencias proporcionan así un marco sólido para interpretar esta dinámica del consenso en el presente. Un segundo componente clave reside en nuestra historia evolutiva más antigua. Durante mucho tiempo, la hipótesis predominante, alimentada por una herencia positivista y el mito del progreso continuo, fue la de considerar al ser humano primitivo fundamentalmente como un cazador. La narrativa difundida sostenía que la cooperación humana se desarrolló principalmente para atacar: cooperar para abatir presas de gran tamaño y expandirse territorialmente.
Sin embargo, esta visión se ha visto desafiada por la documentación fósil. El trabajo del antropólogo Robert Sussman y Donna Hart, en su obra "Man the Hunted" (El hombre cazado), examinó los repertorios y los orificios inequívocos dejados en los cráneos de homínidos por las mandíbulas de grandes felinos. La investigación demostró que, durante gran parte de la historia evolutiva, nuestra especie fue sustancialmente una presa. Como ha señalado el filósofo de la ciencia Telmo Pievani, los primeros homínidos no despertaban para ir a cazar, sino principalmente para evitar ser devorados.
Al unir estos dos hilos teóricos, surge la conclusión de que, frente al peligro, tendemos a confiar en los instintos primitivos del cerebro antiguo y, desde el comportamiento grupal, a unirnos en círculos defensivos. En este contexto, las derechas modernas, al cosechar consensos, están aprovechando esta herencia evolutiva. Frente a un mundo percibido como caótico y peligroso, nada resulta más deseable que respuestas elementales a problemas complejos.
En lugar de prometer grandes visiones sobre el futuro, basta con ofrecer un perímetro cerrado, un círculo de protección alrededor del cual agruparse, un enemigo visible y la sensación de una seguridad efectiva, aunque esta venga acompañada de políticas de control invasivas. Aquí se revelan los límites analíticos de ciertos progresismos autorreferenciales que liquidan sbrigativamente el consenso conservador acusándolo de "hablar a la panza". La derecha logra algo distinto: dialoga directamente con el sistema nervioso primordiano, susurrando a nuestros miedos atávicos y al sistema operativo arcaico, siempre dispuesto a emerger.
Ante este escenario, resulta inútil estigmatizar estos "reflejos atávicos". En su lugar, se debe reconocer que la única herramienta disponible para desactivarlos es una superestructura cultural que actúe como moderador. Experimentos neurocientíficos sobre el reconocimiento facial han demostrado que, si una persona observa el rostro de un individuo con un fenotipo diferente y desconocido, la amígdala se alarma automáticamente. No obstante, si ese rostro pertenece a una figura conocida, como un deportista famoso, el conocimiento y la familiaridad cultural intervienen inmediatamente para "sobrescribir" el reflejo de miedo.
Retomando las ideas del filósofo Marc Augé, se requiere hoy un nuevo Iluminismo para combatir las ansiedades sistémicas del siglo actual: un humanismo global basado en la racionalidad científica, la compartición del saber y el superamiento de los mitos de la finanza y los cierres identitarios. La lucha política progresista debería consistir fundamentalmente en una feroce reafirmación de la centralidad de la cultura.
La jungla es el hábitat natural de la derecha, un espacio donde el instinto prevalece sobre la complejidad; la tarea de la izquierda consiste en cuidar el jardín. Cultivarlo exige años de siembra en las escuelas y en las conciencias, lo que requiere el coraje de asumir numerosas derrotas políticas y el riesgo concreto de que los frutos de este trabajo sean cosechados por otros.
A pesar de estas dificultades, existe un mínimo de optimismo justificable: las conquistas que hoy se defienden con firmeza desde posiciones conservadoras son precisamente las innovaciones culturales que en su momento ostigaron con ferocidad.
V.Duran--ESF